¡Que lo parió…!
Texto y Fotos: Luis Frixione
Como canta Baglietto “la verdad es buen veneno pa´ las tripas”, así que hay que decirlo, sin vergüenza ninguna, que no hay fulano en la caza mayor que no haya errado algún tiro, empanzado un animal o equivocado alguna presa.
No siempre se vuelve a casa con un trofeo… y, aunque todos queremos atrapar el animal que estuvimos persiguiendo, volver con las manos vacías no es la muerte de nadie.
Es más, digámoslo con absoluta franqueza, ¿quién no ha errado un tiro?
Hace unos meses hemos recibido el siguiente mail de un lector de El Pato: “Hola Luis, mi nombre es Rolando, soy de Rosario, y el motivo de este mail es destacar la calidad tuya para escribir, es decir la forma en que relatas las cacerías, sin ser el señor cazador de trofeos, que nunca caza una chancha ni un lechón, como quieren hacer creer muchos. Además quería preguntarte por… Bueno sin mas te saludo atte.” Rolando Musumeci.
Más allá de los inmerecidos halagos recibidos, ese mail nos empujó a reflexionar y reafirmar los objetivos de trabajo en cada uno de nuestros artículos; queremos compartir con ustedes lo que buscamos en nuestros pobres escritos:
• creemos nuestra obligación desmitificar la caza mayor quitándole el aura de excelencia e infalibilidad que la rodea en la mayoría de las publicaciones
• buscamos hacer la caza mayor más cercana a los cazadores de menor con el fin estimularlos a pensar en la posibilidad de “darse el gusto” y, por lo menos, probarla una vez en la vida. Es claro para quien lee nuestros artículos que escribimos para los que recién comienzan en la mayor o están pensando en hacerlo
• queremos presentar la caza mayor con sencillez y sin el palabrerío técnico que asusta a los novatos.
Por supuesto que tenemos también otros objetivos, como por ejemplo: promover la ética deportiva, el compromiso con la conservación de las especies animales que cazamos, la conciencia ambiental, entre otras “cositas”… Cuidadito, no me salga con la bromita de que el que erra el tiro es un cazador ecológico porque es un chiste viejo.
Pero debemos confesar que el mail del lector nos hizo realmente felices porque adivinó nuestros objetivos y, de alguna manera, indica que nos vamos arrimando a lograrlos. Lo cierto es que, en cada nota, tratamos de narrar experiencias reales que acerquen la caza mayor a la gente común, dándole carnadura real y demostrando que es más accesible de lo que muchos creen. Y, sobre todo, que no todos los amantes de la caza mayor son aristócratas que acumulan trofeos arriba de la chimenea de un palacete digno de un magnate del petróleo.
Pero en lo que trasunta el mail hay algo de cierto: todo el mundo en la caza mayor cuenta sus hazañas y calla sus yerros… de allí el aura de infalibilidad y excelencia que la rodea. Creo que esto se debe a que hay mucha vergüenza de parecer como gente “de carne y hueso”.
Pero como canta Baglietto “la verdad es buen veneno pa´ las tripas”, así que hay que decirlo, sin vergüenza ninguna, que no hay fulano en la caza mayor que no haya errado algún tiro, empanzado un animal o equivocado alguna presa.
Inmediatamente, luego de releer el mail nos preguntamos ¿por qué no hacer una nota dedicada a los yerros? Y hacer un artículo donde no haya fotos de trofeos nos apareció como un desafío digno de aceptar en pos de una virtud algo extraña en estas lides: la humildad. Todos los cazadores saben que más de una vez, uno se vuelve a casa con las manos vacías; y hay que desdramatizar la situación por la simple razón que cazamos para ser felices, y no podemos amargarnos por haber errado el tiro.
Además, cazar es mucho más que matar una bestia, es el contacto profundo con la naturaleza, los amigos, la pesquisa del animal, el seguimiento del rastro, etc. En otras palabras, lo importante no es cazar sino estar cazando. ¿Cómo amargarse o avergonzarse por errar el tiro si estamos haciendo lo que nos gusta y nos hace felices?
De manera tal que quisiera compartir con ustedes dos anécdotas para consuelo de los que errado algún tiro últimamente… que no serán los primeros ni los últimos. Y también, por qué no, para animar a los que todavía no comenzaron en la caza mayor.
Incomodidad…
Estando de visita en los pagos de Don Zenón Zalazar, Tonchi para los amigos, me invitó a cazar un colorado en su campo… imposible de negarse.
Era julio y época de caza de animales de selección, oportunidad interesante para cazar ciervos en la Patagonia cuando uno tiene bajo presupuesto. Pero las cosas no fueron fáciles, y el primer día que fui a la estancia me olvidé las balas… ¡Qué lo parió!... Y la jornada de caza se redujo a una mateada con Tonchi, Dardo y Don Domingo. Y me volví calentito a la cabaña consolándome con que la cacería solo se pospuso uno o dos días.
Pero como dice mi abuela, “no hay mal que por bien no venga” y el invierno nos regaló una nevada que pintó los cerros. La nevazón no fue brava, de manera tal que no molestaría demasiado y, en cambio, le aportaría un lindo toque de aventura a las fotos. Y una vez en la estancia, vimos como ensillaron los pingos y rumbeamos para las montañas.
El paisaje era fenomenal, fruto de la maravillosa conjunción de la nieve con un día espléndido de sol. Y apenas comenzamos a trepar suavemente por las laderas de los cerros, empezamos a divisar los primeros animales. Pero Tonchi tenía preparado un recorrido especial para mí.
Seguimos subiendo los cerros (decir “seguimos subiendo” queda lindo pero en realidad nos estamos atribuyendo el esfuerzo de los caballos, como en el refrán del mosquito y el buey) hasta que el guía nos indicó desmontar para seguir caminando. Y luego de un breve recorrido por una escarpada ladera, llegamos a un espectacular lugar que es orgullo de Tonchi: un chenque mapuche (divisadero que domina todo el paisaje y cuenta con el reparo de los vientos). Según Don Zenón, han encontrado allí facones y restos de atuendos indios. Desde ese maravilloso lugar vimos un grupo de ciervas con un macho pastando en el mallín.
Sin ninguna exageración, es un lugar de magnífica belleza que invita al silencio y a la contemplación. De repente lo miré a Tonchi y lo descubrí oteando los cerros, gustando el paisaje y meditabundo.
Me dijo en voz baja y sabia: “mire… ¿vió muchos lugares así?...” Tenía razón, los cerros nevados, los ciervos pastando, los guanacos bajando de los cerros y los ñandúes corriendo en una ladera nevada conformaban un espectáculo que dejaba mudo a cualquiera, de manera tal que, como dice la canción, era uno de esos momentos donde “hay que dejar hablar al silencio”. Realmente, un remedio para el alma.
Luego de la larga contemplación, que ya justificaba la salida, Tonchi indicó “vamos acercándonos a los ciervos…”. Volvimos a la caballada y se la dejamos al fotógrafo, porque nosotros nos acercaríamos caminando.
Caminando es una forma de decir, en realidad caminamos mucho menos de lo que recorrimos agachados, forzando la espalda y la cintura hasta querer que todo termine pronto. Tanto fue así que cuando comenzamos a arrastrarnos, el andar gateando parecía una bendición para mi espalda.
No había nada donde esconderse y estábamos complicados, de manera tal que nos acercábamos solo cuando los ciervos pastaban y apenas alguno levantaba la cabeza nos tirábamos al piso. “Acá nomás, dijo muy despacio Tonchi, no nos vamos a poder acercarnos más”.
La situación no me gustaba, pero no tenía más remedio: si bien no estábamos lejos, apenas 200 metros, el vegetal más alto medía medio metro y yo estaba en un lugar muy incómodo para tirar. Busqué algo que me sirviera de apoyo, pero no había más que neneos, de manera tal que no tendría más remedio que usar el más grandecito de apoyo para el fusil pero lo tenía unos cinco metros delante de mí. Me arrastré hasta esa mata negra y lo usé como colchoncillo… parecía la almohada de un faquir, e hice lo que pude para apuntar.
Con el disparo salió la tropilla corriendo y se detuvo a unos 300 metros a la izquierda de mi posición, pero en un lugar más incómodo todavía, por lo que el segundo disparo fue peor. Hice un tercero, pero ya estaban demasiado lejos. ¡Qué lo parió… otra vez!
Yo puteaba por lo bajo porque el ciervo era lindo, y mientras comenzaba a sacarme las espinas de las manos lo ví perderse entre las lomas. Se hizo un pequeño silencio y escuché a Tonchi que, detrás de mí, dijo con toda la sabiduría de un criollo surero “Qué paisaje…¿no?... acá se van todas las penas…”. Giré y lo vi contemplando los cerros nevados con las manos en los bolsillos. Y comprendí que tenía razón, no había por qué amargarse: estaba haciendo lo que me gusta y en un lugar que me gusta. Son cosas de la cacería
Todavía no sé si lo dijo para que no me amargara o porque seguía en el trance meditativo del chenque. Quizás era por las dos razones, pero esas sabias palabras me trajeron a la realidad: no cacé ese ciervo, pero tuvimos un día de caza maravilloso.
La primera vez de César
César, “Peta” para la familia y “Brutus” para los compañeros del Mercado de Fisherton, hizo su primera salida de caza mayor donde estrenaría tanto su fusil como su título de cazador. Así nos cuenta su primera experiencia con los jabalíes.
“Todo comenzó el viernes bien temprano, salimos con rumbo a La Pampa para ver si yo podía debutar en la caza mayor. Y como presagio de lo que iba a pasar, en la primera parada para cargar GNC, el auto no quería arrancar… casi la salida termina antes de llegar.”
“Nos dirigimos a la estancia El Destino, 12.000 hectáreas de monte virgen, que hacen un hábitat casi perfecto para el jabalí. Llegamos pasado el mediodía y allá nos esperaban Marcelo y Gerardo, los encargados de hacernos pasar tres días inolvidables, al menos para mí, con todo lo que significaba poder cazar mi primer bicho grande.”
“Llegamos para la siesta y caí muerto después de 10 horas de viaje (me dijo Luis que si quería disfrutar de la noche, tenía que dormir). Después del riguroso siestazo, Marcelo nos llama… y ya comenzaba a ponerme nervioso.”
“Preparé mi fusil, mis prismáticos y la mochila con la cámara de fotos y la filmadora. A mí me tocó apostarme con Marcelo. Llegamos al tajamar y empezó a soplar un viento tan fuerte que casi nos vuela el apostadero. Justo elegimos el único que no pudieron terminar (la estancia cuenta con todos los apostaderos hecho en madera muy cómodos para dos personas). Estaba nublado y se veía poco.”
“Primero me dijo que tenía que observar todo el entorno del tajamar, los árboles y escuchar cada uno de los sonidos, sobretodo el de los animales. Pasada la primera hora, empezaron a gritar los teros, y Marcelo me dijo: “mirá hacia el cebadero”, eran las 20.30hs. Me pasó los binoculares y pude ver el chancho. El corazón me latía a 5 mil revoluciones por minuto.”
“A los 20 segundos se juntaron seis chanchos más a comer con el primero, venían todos al trote. Media hora más tarde llegó un chancho y nos pusimos contentos, era enorme. Pero después de verlo bien, nos dimos cuenta que era una hembra.”
“Tratando de hacer los movimientos mínimos, fuimos observando la actitud de toda la cuadrilla. Cuando me pude tranquilizar, comencé a entender todas las cosas que Marcelo me marcaba, como por ejemplo la actitud de cada integrante de la cuadrilla y me di cuenta por sus movimientos que eran todas hembras y no le podía tirar, porque en esta época del año la mayoría están preñadas y sería una lástima matar a las madres. Me costó un poco entender por toda la adrenalina que corría por mi cuerpo. Miraba los bichos y ya me imaginaba como iba a agarrar el fusil, donde apuntar y por supuesto, cómo posar en la foto con mi primer chancho.”
“Después de un rato, a eso de las 22hs (y un poco más tranquilo), fuimos para otro apostadero a buscar un padrillo. Llegamos y en menos de cinco minutos me marcó otro. Me puse más nervioso aún por las palabras de Marcelo “cuando quieras convidale bala, éste es el tuyo”.
“Lo miraba por los binoculares y me parecía un elefante, agarré el fusil y no lo podía encontrar con la mira. Otra vez el corazón se me salía. Cuando me dejó de temblar la mano, lo vi y sin dudar apreté el gatillo y… ¡el chancho salió como una Ferrari! Y con él unas lágrimas de bronca e impotencia. Nos miramos un rato los dos y Marcelo me dijo: le diste y yo le dije, no, la bala y mi ilusión le pasaron por el lomo.”
“Todo fue tristeza, el camino hacia la casa fue larguísimo, no podía creer todavía la oportunidad que tuve y la desperdicié. Gerardo nos esperaba con una excelente cena y el tema de conversación era a qué hora íbamos a salir a buscar el chancho que según los chicos, estaba herido. Está claro que esa noche no pude dormir.”
“Cuando nos levantamos nos esperaban unos ricos mates al lado de un hogar a leña y unas galletitas con dulce de leche, subimos a la camioneta y fuimos en busca de alguna señal, encontramos rastros de la “huída” pero nada de sangre (tuvo suerte de haber quedado en la mira de mi fusil).”
“Cuando regresamos a la casa nos encontramos con unos primos de Gerardo y la envidia me empezó a invadir: tenían en su camioneta un ejemplar de unos setenta kilos. Me quedé unos minutos escuchando sus anécdotas y tratando de aprender más, viéndolo al bicho colgado yo me imaginaba donde le clavaría el cuchillo para empezar a despostar. Me fui a dormir la siesta pensando en esa bestia colgada. La segunda noche no bajó ninguno, el poco y cambiante viento nos jugaba una mala pasada. Marcelo se lamentaba porque no pude cazar mi primer chancho. Yo también lo hice, pero no falta mucho para hacer realidad la foto que imaginé.”
Como dijimos más arriba, César no es el primero ni será el último en errar un tiro, máxime si hablamos de la primera experiencia donde todos sabemos lo difícil que es dominar los nervios ¡Sólo basta con recordar la nuestra!
Es cierto que erró a su primer chancho, pero el balance no podía ser malo. Lo definitivo fue su respuesta en el viaje de regreso cuando le pregunté: “César, ¿valió la pena del viaje?, y él contestó sin dudarlo: “claro que valió la pena… aprendí un montón”.
Ya tendrá su jabalí, pero con o sin presa, César ya es cazador.
Para cerrar…
No hay cazador infalible… hay, a lo sumo, buenos tiradores. Y un buen cazador es aquel que ama la caza y disfruta de ella cumpliendo con las normas éticas básicas.
Tampoco crea que un buen cazador el que más mata. Cazador es el que tiene un profundo contacto con la naturaleza y la cuida, por la simple razón que quiere seguir cazando y desea que sus hijos cacen… ¡y para eso hacen falta los animales! De manera tal que comencemos a cuidarlos respetando los cupos para que tengamos por muchos años.
Un buen cazador no es el que nunca erra un tiro, sino el que es feliz cazando. Anímese con la caza mayor, es un gusto que no puede dejar de darse.
RECUERDE: volver con la basura a su casa, no deje los cartuchos vacíos ni las cajas tiradas en el campo, respete los reglamentos, no cace en exceso, tenga cuidado con el fuego, no haga el asado en las raíces de los árboles… para el bien de todos los cazadores.
+ info
Recomendamos:
Zenón “Tonchi” Zalazar, coto de caza de ciervos, (02944) 154 18068, Junín de los Andes, Neuquén.
Estancia “El Destino”, coto de caza de jabalíes, (2954) 434712/155 56929 o eldestinogomez@hotmail.com o durante la luna solo mensajes a (02954) 153 75392.
Cabañas el pustero, cabañas y spa, (02972) 491639, ruta 234 km32, Junin de los Andes, Neuquén www.elpuestero.com.ar.
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