Texto y Fotos: Fernando Mendez Guerrero
Al otro día fueron a buscar el ciervo. La nevada había seguido durante toda la noche y pudieron encontrarlo casi enterrado en la nieve. La formación de guía de Mauro afloró y con el auxilio de un GPS georreferenció todo alrededor de su cacería: el animal había sido abatido a 1.705 metros de altura y desde una distancia exacta de 228 metros. Sin dudas, un buen comienzo.
Terremoto y cambio climático no fueron óbice para una memorable cacería de dos pampeanos en el Parque Nacional Nahuel Huapi.
Todos pensábamos que la temporada sería excelente: las lluvias del año anterior, la cada vez menor cantidad de ganado y un bosque en excelente estado de conservación auguraban que para la caza del año 2010 podíamos proyectar una buena cantidad y calidad de trofeos para quienes llegaran a la Cordillera.
Pero la impredecibilidad del clima y un terremoto que, si bien no poseemos certeza, debe haber modificado los patrones de conducta de toda la fauna, fueron las variables que aguaron la fiesta y echaron por tierra los pronósticos de bienaventuranza que formulábamos exentos de cualquier cautela.
Lo real fue una berrea entrecortada y poco presente como denominador común para la temporada. No obstante y como dice la vieja frase criolla, “arrieros somos y en la huella andamos”, por lo que clima y movimientos telúricos aparte, a las pasiones debe dárseles cauce y, por funestas que sean las probabilidades, hay que salir a buscar la pieza.
Y con esta premisa, los Lanz, Mauro y Raúl, padre e hijo, llegaron desde su provincia, La Pampa, a probar suerte en los pedreros de la cordillera patagónica.
Pero ellos no son del todo forasteros en estos lares: Mauro realizó en 2006 el curso de guías profesionales de caza del Parque Nacional Nahuel Huapi. Con su modestia y aplicación obtuvo el mejor promedio de su promoción, pero le había quedado la asignatura pendiente de cazar en la montaña, cambiando el monte del algarrobo pampeano por la lenga achaparrada de la altura.
Y así fue que en el sexto turno del área Arroyo Quemados Norte emprendieron el ascenso, con más deseos que expectativas, pero con la pasión intacta y el entusiasmo propio de quien llega por primera vez a un sitio.
La fecha era ajustada: entre el 10 y el 17 de abril es más que probable que ya caigan las primeras nevadas y que la cordillera muestre toda su hostilidad. Hasta ese momento una inusual continuidad de tiempo veraniego daba la falsa sensación de bonanza climática, aunque nadie pensaba que iba a durar mucho.
Y así fue, pero la suerte compensó a los obstinados y casi inmediatamente. Al llegar a la zona del refugio, enclavado a 1.628 metros sobre el nivel del mar, el guía Pablo Chamorro les informó a los cazadores que debía ir a buscar los caballos que utilizarían para el turno y los invitó a que lo acompañasen. Ambos asintieron y se cruzaron en la espalda el rifle, pues en la montaña… nunca se sabe.
Debían recorrer a pie alrededor de 500 metros hasta una loma baja donde pastaban los caballos. La luz menguaba y el cielo iba cerrándose con grises y bajas nubes que anunciaban algo más que lluvia. No obstante, el ojo entrenado del guía descubrió un color que no condecía con el paisaje. Binoculares mediante observaron un diez puntas, calculando la distancia en más de doscientos metros. Quedaba poca luz del día y estaba comenzando a nevar. Mauro apuntó y dudó por la distancia. Pablo, tras un último vistazo, indicó que era apto para abatir y le dio la autorización para el disparo. Mauro, ya sin dudas, cobró su primer ciervo cordillerano al rato de su llegada al área de caza, lo cual no era poco.
Todavía sin poder creerlo demasiado llegaron hasta el ejemplar que cayó en el mismo lugar en que fue impactado. El Mauser 7,65 había cumplido con su trabajo: el tiro le había pegado por la mitad de de la cabeza aunque sin romper, aparentemente hasta ese momento, el trofeo. Sin mucho festejo, apenas algunas fotos, decidieron bajar hasta el refugio, ya que la nevada arreciaba. Al día siguiente vendrían por el trofeo y lo observarían con más detenimiento.
Llegar al refugio y poner a secar la ropa fue todo uno. De pronto, las escasas expectativas se habían agigantado: el primer ciervo en el primer día no es algo común y sin mediar un optimismo desmedido les alcanzó para comer y acostarse con otro ánimo.
Al otro día fueron a buscar el ciervo. La nevada había seguido durante toda la noche y pudieron encontrarlo casi enterrado en la nieve. La formación de guía de Mauro afloró y con el auxilio de un GPS georreferenció todo alrededor de su cacería: el animal había sido abatido a 1.705 metros de altura y desde una distancia exacta de 228 metros. Sin dudas, un buen comienzo.
El tiempo mejoró permitiendo entonces la continuación de la cacería. El turno recién comenzaba y había que aprovechar lo que el impredecible clima ofrecía. Le tocaba ahora a Raúl, que debió esperar un par de días hasta que ubicaron un ciervo entre la vegetación. La distancia era grande (después se sabría que eran exactamente 310 metros), pero, confiado en su capacidad, se aprontó para el tiro. El que dudaba era el guía, Pablo Chamorro, pues no conocía a Raúl y le parecía que, si bien el ciervo podía ser abatido, la distancia era mucha. Entonces esperaron a ver cómo reaccionaba el animal vigilando constantemente que el viento no cambiase. El tiempo pasaba y la situación se mantenía. Finalmente le autorizó a disparar al cazador. El animal se sacudió y cayó en el lugar. Un gran tiro que rindió a un viejo once puntas de aproximadamente doce años.
En las lengas
Ya más distendidos, y habiendo roto la cada vez menos vigente tradición que establecía tácitamente que aquel que venía al Parque Nacional por primera vez no cazaba, padre e hijo salían a la búsqueda de algún trofeo superior. No era cuestión de conformarse con lo que ya tenían. El turno promediaba y el clima se mostraba benigno, es decir, con las mejores condiciones para seguir cazando y, al mismo tiempo, disfrutar del entorno observando algunas manadas que se cruzaban en su recorrida.
Y le tocó nuevamente a Mauro al día siguiente. Al llegar a un filo y entre las lengas divisan hacia abajo un ciervo. La lenga (Nothofagus pumilio) es una especie de árbol que, a partir de los 1.400 metros sobre el nivel del mar, se “achaparra” convirtiéndose en arbusto, y que constituye así la última presencia vegetal antes del pedrero.
El guía se toma su tiempo para visualizar las características del ciervo. Si bien el animal está cerca, se encuentra muy adentro del follaje y se hace difícil tipificarlo. Tras poco más de una hora se muestra como un ejemplar viejo y de doce puntas o más. El cazador ahora toma su lugar, pero el ciervo baja y se adentra más entre el lengal. Más que difícil es un tiro casi imposible. Habrá que aguardar que se “muestre” un poco más, quedando como único recurso la espera, hermana menor de la paciencia, que siempre acompaña al buen cazador.
Se ofrece allí la oportunidad de sacar fotos y ejercitar el silencio. Mauro después comentaba que se acordaba de pasajes enteros, con el ojo puesto en la mira, del celebérrimo prólogo de don Ortega y Gasset, texto obligatorio en el curso de guías que había realizado en el Parque Nacional. Fui docente de dicho curso y observar años después el comportamiento de este cazador no puede menos que agrandar mi ego y darme la sensación de la cosa bien hecha.
Digresión personal aparte, quedamos con el ciervo esquivo y el cazador atento. Un movimiento del animal brinda por breve lapso un ángulo de tiro posible. Mauro no duda y la contención de la espera explota con el estampido del arma. Entre el ramaje el animal da muestras del impacto y emprende una carrera que no durará más de dos pasos para caer abatido.
Bajar hasta donde se encuentra el ejemplar es otra historia, ya que ha caído en plena pendiente quedando abajo a 1.534 metros sobre el nivel del mar. A Mauro lo lleva el entusiasmo ladera abajo hasta donde se encuentra con su presa. Verdaderamente se emociona al ver que se trata de un trece puntas de más de un metro de largo, con diámetros inferiores de casi quince centímetros y un peso cercano a los ocho kilos. Lo más llamativo es que se le estima una edad que, finalmente, se consigna en catorce años, un viejo macho que ya había cumplido con su mejor aporte para la especie durante varias temporadas. Con conocimiento del tema, Mauro reconoce estos detalles que, en definitiva, no hacen más que engrandecer el trofeo.
El retorno
Al día siguiente nuevamente el tiempo da muestras de volver a complicarse. Tras un conciliábulo entre padre e hijo deciden bajar antes de que empeore, ya que tenían, aunque sea por el momento, la pasión saciada.
La bajada fue tranquila y sin sobresaltos, porque la tormenta que amenazaba se disipó sin más trámite. Llevar uno de los “pilcheros” o caballo con carga fue tarea de Raúl, que la asumió en forma más que divertida, agregando un ingrediente aventurero a la excursión que terminaba. Junto con las vivencias y anécdotas, sin duda, las cabezas a la grupa son siempre la mejor vista para finalizar una cacería.
Sin embargo, quedarse en ello solamente sería minimizar el arte de la cinegética. Si acotáramos su valor únicamente a la obtención de trofeos nos tocaría el galardón de matarifes. Lo importante es lo que no se ve, la experiencia de ser parte de un paisaje que, todavía hoy, exige de nosotros el formar parte de él, integrándonos desde la piedra y el bosque para realizar una labor venatoria por demás atávica. Creo que Mauro y Raúl, además de las cabezas, se han llevado otras cosas de su primera visita al Parque Nacional. ¿Cuántos fuegos encenderán las conversaciones sobre esta cacería, cuántas veces detalles nimios o situaciones casi olvidadas irrumpirán en las conversaciones de padre e hijo? Esas son cosas que no puedan expresarse cabalmente desde el lenguaje pero, seguramente, han sobrado para llenarles el alma.
+ info
Fernando Mendez Guerrero
Encargado de Caza y Pesca Deportiva
Parque Nacional Nahuel Huapi
+ Notas
Náutica - Relevamiento
Nueva Bayliner 185 BR.
La marca de lanchas número uno del mundo ha desembarcado en nuestro país de la mano del Astillero Marine Sur, quien desarrolla la línea Fórmula Quicksilver.
Pesca - Relevamiento
Pejerreyes en Gualeguaychú
"El pejerrey de río, acostumbrado a luchar contra enemigos naturales y a lidiar contra la corriente, es mucho más potente que el de laguna".
Náutica - Relevamiento
Nueva Lerch SV 470 Open.
Astillero Lerch, desde 1970, construye embarcaciones en plástico reforzado y en ese período ha botado 20 modelos diferentes, con amplia variedad de colores y equipamiento
Pesca - Relevamiento
¡Qué Grande la Salada Grande!
Un clásico entre las lagunas bonaerenses y sus pejerreyes son una tentación en las cuatro estaciones.







