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Entre los palos de Piracuá

Texto: Ariel Robledo
Fotos: Darío Traffano

Comienzo a tipear esta nota y se me vienen a la mente los exquisitos ambientes del norte santafesino, esos sitios llenos de palos y árboles semisumergidos que nos invitan a lanzar nuestros señuelos o carnadas en busca de algún bravo dorado que aguarda a su próxima víctima. Son esos mismos ambientes que nos pueden dar el pez de nuestra vidas, o se pueden llevar también nuestros valiosos señuelos en una lucha en la que no siempre el pescador gana.

En el norte de la provincia de Santa Fe, un pesquero que siempre está dispuesto a impactarnos por sus magníficos ambientes, y por la calidad de los peces que suelen nadar

“El río se mueve sereno, en calma total, la lancha ya detuvo su motor unos 50 metros aguas arriba del palerío, y así como se prepara un jugador para hacer su gol, los pescadores se preparan con las cañas sobre el hombro, en silencio, pensando en dónde puede estar el gran dorado aguardando el paso de la carnada. La corrientes es fuerte, quizás la velocidad de la deriva sólo nos permita hacer dos o tres lanzamientos entre los palos que se agitan movidos por la fuerza del río. En la mente el pescador dibuja la silueta del pez explotando en la superficie. Sabe que es un lance y no hay dos oportunidades. Sabe que el pez tiene todas las de ganar porque está en su ámbito, pero igual se anima a arrojar el señuelo que tantas pescas le ha dado. Es a todo o nada, vencedor o vencido, solo quedarán al descubierto una vez que termine la pasada”.

Esta es una de las tantas situaciones que se viven a diario en Puerto Piracuá, en el norte de la provincia de Santa Fe, un pesquero que siempre está dispuesto a impactarnos por sus magníficos ambientes, pero también por la calidad de los peces que suelen nadar en estas majestuosas aguas. Dorados de muy buen tamaño, y surubíes de película, suelen ser los imanes que tiene la zona para que los pescadores de todo el país se animen a consumir kilómetros hasta llegar a este verdadero santuario de grandes trofeos.
Aquí sobre la misma vera del río color león, se emplaza Cabañas El Lolo, un complejo que tiene todo el confort para recibir a los turistas, con lanchas amplias, guías conocedores de los ambientes, y habitaciones calefaccionadas, con salas de juego y un amplio comedor en donde los platos típicos suelen deleitar a los comensales.

Llegamos hasta las cabañas luego de transitar la ruta Nacional Nº 11, hasta la ciudad de Florencia, en donde nos aguardaba Ariel Vallejos, para dirigirnos a guardar el vehículo, y luego transportarnos hacia el río. Durante el viaje de unos 20 kilómetros hacia la cabaña, que debemos hacerlo lentamente, aprovechamos para conversar sobre la situación de la pesca. Con la llegada del frío, el agua se aclara bastante, y entran en escena los dorados y surubíes con tamaños descomunales. En los días previos, varios turistas habían logrado una excelente pesca de cachorros que superaban los 30 kilos. El dorado todavía no estaba demasiado firme, pero quienes agudizaban sus lanzamientos, podían conseguir en la zona de palos algunos piques tremendos.

Cuando arribamos a las cabañas, un fuerte viento del sector norte se había adueñado de la zona, elevando la temperatura en pleno invierno hasta los 28 grados. Para quienes no nos gusta el frío, estaba ideal, ahora debíamos indagar en el río si este cambio tan brusco en el clima no afectaría a la pesca, especialmente por el viento del sector norte.

Dejamos los bolsos en nuestra habitación y con todo listo navegamos, junto a Ariel Vallejos, hacia el sur de la cabaña, a una zona de piedras que siempre suele dar piques. La modalidad de pesca escogida fue el trolling, con señuelos de profundidad y multifilamento del 0,23 mm. Las pasadas la realizamos aguas abajo, tratando que el señuelo “rasque” el fondo pedregoso. Efectuamos dos intentos y, cuando estábamos realizando el tercero, la caña de Juan Canosa advierte un pique que, tras la clavada y una llevada del multifilamento, termina por desengancharse. Seguimos sin detener la marcha, y le tocó el turno a Hugo Giardino, quien, tras unos minutos de pelea, siente que todo se afloja, y la presa se escurre. “Vamos a insitir un poco acá…”, nos dice el guía, y retomamos la senda que tan bien conocen los baquianos. Llegó entonces mi turno, y las sensaciones fueron las mismas: pique brutal, pelea breve, y las manos vacías…

Nos movimos hacia otro tramo del río denominado Los Cajones. Aquí el fondo se caracteriza por tener muchos palos, en donde se corre el riesgo de prender un surubí, o bien dejar algunos señuelos en el fondo, algo que a nadie le agrada, pero son las reglas del juego, y hay que aceptarlas.
Pasamos varias veces, pero no logramos el objetivo, por lo que Ariel, nos llevó hacia un gran veril en el cual los días anteriores habían pescado muy bien.

Aquí en la primera pasada conseguimos prender un hermoso armado chancho, una especie que suele compartir los mismos ambientes que el surubí, y siempre es un buen indicador de los pintados. Fue también el turno de mi caña que durante unos minutos estuvo debatiéndose en duelo con una presa que jamás pudimos ver, ya que se terminó yendo. “Quizás están tomando de la boca…” nos aclaraba Ariel, ya que el pique era bien firme, y tras algunas corridas, el señuelo terminaba siendo liberado. “Hoy no estamos de suerte…” pensaba, mientras que desde las otras lanchas las noticias era más alentadoras.
Así fue que decidimos ir en busca de los dorados, que siempre se concentran en las zonas de palos, en donde la corriente genera mucha oxigenación.

Potencia dorada
El guía detuvo la lancha, y nos indicó la punta de una isla que tenía muchos árboles enterrados. Allí, entre esos palos, seguramente estarían los dorados aguardando con su instinto cazador el paso de su víctima.
Como siempre digo: “… si alguien tiene que hacer una pintura sobre los sitios de los dorados, éste es uno de ellos….”

Preparamos los equipos de bait cast, con los señuelos de media agua, apropiados, para no bajar demasiado, ya que no sabíamos a qué profundidad se encuentran las ramas, y por la velocidad del agua la maniobra para rescatar un artificial, iba a ser muy complicada.
Primero el guía escogió el sector externo, ya que el agua se bifurcaba, formando dos corrientes: una que seguía sobre el Paraná, y otra que ingresaba hacia un pequeño arroyo. La idea era primero pesca la zona del gran río, y después ingresar al arroyo que metros más abajo se volvía a unir con el Paraná.
Con toda la artillería lista, iniciamos los intentos, pasamos con lances bien ajustados sobre la margen externa. Siempre la idea es lograr que los señuelos caigan delante, al costado o detrás del palo, puntos vitales en donde los dorados se estacionan al acecho. Con tiros quirúrgicos pasamos entre los palos sin respuestas. “Si no están acá, seguro están adentro del arroyo….”, comentó Ariel.

Mientras avanzábamos contra la corriente para volver a realizar la deriva aprovechamos para cambiar de señuelos. En mi caso, opté por un artificial Marine Sports de media agua color rosado, que en Amazonas me había dado gran cantidad de piques. Lo miré con mucho cariño, y lo preparé para que se zambulla en busca de alguna presa.

Juan y Hugo optaron por señuelos Rapala, especialmente con un poco de paleta, para que baje rápidamente, pero sin alcanzar demasiada profundidad. La lancha se detuvo metros arriba de los palos, y comenzó la caída por el tramo interno del arroyo.

Uno, dos, tres lances, y mi caña Tech de Gozio de 5-6 pies, se inclinó hacia el río en reverencia al gran dorado que había tomado el señuelo. ¡Pique! Grité, y al instante el imponente dorado exhibe su figura fuera del agua, y escupe mi señuelo, con tanta mala suerte que al caer lo agarra otro dorado y me lo termina cortando. ¡No puede ser, se llevó todo!! Gritaba lamentándome por el dorado perdido, pero aún más por ese señuelo que tantas alegrías me había dado. Por suerte, Darío Traffano que estaba fotografiando las escenas de pesca, magistralmente disparó sus fotos y ¡pudo imprimir el instante en que el dorado despide el señuelo por el aire!

No había mucho tiempo para los lamentos, y mientras yo armaba nuevamente el equipo, Juan, en la misma deriva logró prender otro verdadero monstruo que increíblemente ¡le cortó el señuelo!
Dejamos que las pulsaciones volvieran a la normalidad, y decidimos regresar al mismo sitio por la revancha. En este caso, Juan, con su querido señuelo Yo- Zuri de color verde flúor, pudo prender un hermoso ejemplar que por fin rompía con la sequía de peces que veníamos teniendo.

A veces muchos amigos nos dicen, “Ustedes que viven pescando, no pueden perder un bicho”, y en realidad las vivencias en cada nota que realizamos son las mismas que puede vivir cualquier pescador. Quizás la única ventaja nuestra es que podemos estar más tiempo en el río, pero por lo demás, la naturaleza impone sus reglas, y no siempre salimos victoriosos. Esta había sido una jornada dura, en donde pudimos tener varios piques de surubíes, y también de dorados, pero solo uno había sido izado a la embarcación para plasmar las fotos.

Navegamos hacia los palos del Laurenti, un pesquero que hace unos años atrás solía concentrar grandes cardúmenes de dorados, y que actualmente por el cambio en la fisonomía del río, sólo se consiguen algunos piques entre los árboles caídos o las barrancas en donde el agua pega con fuerza. Aquí tuve mi revancha con un juvenil que tomó mi señuelo Alfer´s de media agua, y Juan consiguió otro ataque de un dorado mediano cuando ya caía la tarde.

Regresamos a la cabaña, para ducharnos, brindar por los buenos momentos, y cenamos unas exquisitas milanesas de surubí acompañadas de un cautivante tinto que desprendió recuerdos y anécdotas de tiempos pasados.

Medio día más
Ver el sol despegándose del horizonte es una de las postales que jamás se olvidan. Sentir los aromas del río, imaginarnos la charla serena sobre la lancha mientras el tiempo transcurre sin prisa, son instantes que nos regocijan.

Después del desayuno, iniciamos la marcha en busca de los surubíes nuevamente. Llegamos a la zona de Los Cajones, y las lanchas que actuaban, nos informan que habían tenido algunos piques, pero que la frecuencia había disminuido.

Probamos unas horas, sin conseguir respuestas, y entonces emprendimos viaje en busca de los dorados. El viento se fue acentuando, y en los mejores sitios de pesca prácticamente no nos podíamos mantener parados por el gran oleaje que provocaba Eolo.

En uno de los tramos del río, mientras navegamos, Hugo y Juan advierten el ataque de un buen dorado en superficie sobre un veril pegado a la costa de la isla Pelota. Como el viento era del norte, teníamos el reparo de los árboles ribereños, y allí realizamos varios lances, hasta que Juan consiguió nuevamente un buen pique. La sorpresa surgió cuando lo izamos al dorado mediano a la lancha y advertimos terribles dentadas en la parte de la cola, imaginándonos que el dorado que lo atacó superaba ampliamente los 12 kilos.

Piracuá tiene esas cosas, la pesca puede ser más dura o no, depende de los días, pero que en algún momento nos vamos a encontrar con los verdaderos monstruos del río, de eso no caben dudas.
El fuerte viento, hacía cada vez más incómoda la estadía en el agua, y decidimos regresar a la cabaña para emprender el retorno.

Nos habían tocado dos jornadas difíciles en lo que refiere a condiciones climáticas que seguramente afectaron a la fauna íctica. Ariel estaba muy triste porque no pudimos toparnos con los colosos que tiene la zona, pero más allá de eso, sabemos que la pesca no tienen lógica, y eso es lo que la hace cada vez más apasionante.

Como corolario, puedo decirles que el día después de haber regresado, me llama Ariel Vallejos desesperado avisándome que nuevamente los cardúmenes habían aparecido en los sitios en donde nosotros no pudimos concretar las capturas. En fin, como siempre digo: “lo importante no es pescar, sino estar pescando…” y en Cabañas El Lolo, uno la pasa verdaderamente muy bien, con gente amable, y una infraestructura con todas las comodidades que siempre nos invita a regresar en busca de la gran revancha, entre los benditos palos que tiene Piracuá…

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